sábado, 19 de agosto de 2006

De cómo los Fratres tornaron en piratas y abordaron la Isla de Tavira

Dramatis personae: Juan, Manolo, Mari Ángeles, Pilar, Rocío, Vuestro Señor Abad.

En aquel tiempo, los Fratres se desprendieron de sus hábitos y se ataviaron como bucaneros, con parche en el ojo, pata de palo y garfio en lugar de mano, y fueron a la Villa de Tavira, en la costa del Algarve (Vuestro Señor Abad nunca había estado en tierras lusas). Allí pasamos los XIV y XIII días anteriores a las calendas de septiembre del año de 2006 AD.

Es Tavira una encantadora ciudad atravesada por el río Gilão, que desemboca en las ensenadas y lagunas del Parque Natural de Ría Formosa. Allí, en el Parque Natural, al sur de la urbe, se encuentra la Ilha de Tavira, con sus cuatro playas, el castillo y la Igreja de Santa María do Castelo, donde se hallan las tumbas de los siete caballeros que murieron heróicamente a manos de los musulmanes.

Los Venerables Piratas nos alojamos en el Vila Galé Albacora, a unos cuatro kilómetros de la ciudad. El hotel se edificaba sobre lo que fue un poblado de pescadores de atún, una auténtica colonia que tenía su igreja y su escola. Las habitaciones se levantaban sobre las antiguas casas de los marineros. El Vila Galé Albacora disponía de sauna, piscina cubierta y jacuzzi: los Venerables lo probaron todo (las fotografías dan fe de ello). Y ya relajados, por la noche, salimos a conocer Tavira la nuit, visitamos sus refectorios y paseamos por sus ruas.

El domingo por la mañana, en el embarcadero que había a la espalda del hotel, tomaron los piratas (perdón, quiero decir los Venerables) el barco que los llevaría hasta la Isla de Tavira. Fue un día dedicado a la playa (la primera de las cuatro que tiene, la Praia da Ilha de Tavira). Eran corsarios, no Fratres, así que no visitaron ni el castillo ni la iglesia: sólo hubo playa.

El Venerable Hermano Juan, Maestro Astrónomo, nos regaló a cada uno un pañuelo pirata que compró allí mismo, para que quedase bien claro a todo el mundo que estábamos en la isla en calidad de temidos filibusteros. Nos lo dejamos puesto todo el día y nos protegió bien del Sol, sobre todo a este humilde amanuense, que ya por aquel entonces tenía el cartón al descubierto. Y no era la abacial tonsura.

Al regresar, el embarcadero de la isla estaba repleto de mosquitos. Con la demora en el embarque, pusieron finos a los Fratres, sobre todo al Venerable Hermano Manolo, que esa noche, cuando regresamos a la Abadía, tuvo que ir a urgencias a que le pincharan Urbasón.

Mosquitos aparte, fue un viaje estupendo. Años lejanos, protohistóricos, en los que, como siempre, la vida trataba a cada cual de una manera: para unos, más benevolente; para otros, menos; para todos, inexorable. A Vuestro Señor Abad le gusta recordar aquel primer viaje a Portugal.



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