sábado, 12 de noviembre de 2011

De cómo los Fratres volvieron a la Villa de Galaroza y se extraviaron en un camino encantado

Dramatis personae: Andrés, Carmen, Inma, Joaquín y Rosa, Jorge, Loli, María, Pilar, Vuestro Señor Abad.

En aquel tiempo, los Fratres volvieron a la Villa de Galaroza y se adentraron en un sendero que creían bien conocido: la Ribera de Jabugo. Nuestro destino aquel día de otoño era la mágica Villa de Castaño del Robledo. Pero el Hado tenía otros planes para nosotros...

Cruzamos el puente sobre el río Múrtiga y avanzamos por un camino tranquilo, encontrando a no pocos peregrinos que recogían gurumelos. Pronto surgió la primera dificultad: el sendero obligaba a cruzar nuevamente el Múrtiga, ahora más salvaje que antes; pero esta vez no había puente alguno, sino tan sólo unas humildes piedras sobre las que había que saltar para sortear el río bravo. Los Venerables avanzaron sobre ellas con prudencia escolástica, siempre pendientes del Hermano que les precedía, paso a paso, piedra a piedra. Y así, con monacal disciplina, superamos esta prueba de hermandad y alcanzamos la otra orilla sanos y salvos.

Los Fratres continuamos andando despreocupadamente, hasta que descubrimos con sobresalto que nos habíamos perdido. El camino se había vuelto mucho más empinado (merecida penitencia por nuestra falta de atención) y nos dirigíamos hacia la Villa de Jabugo, no hacia el Castaño. Y como no conseguimos orientarnos, decidimos seguir el nuevo sendero.

Antes de la hora de nona, hicimos un alto para almorzar. Entramos en una finca con una casa en donde no había nadie, y el porche nos sirvió de improvisado refectorio. Allí trabamos amistad con un simpático perro que compartió nuestro almuerzo. Cuando continuamos la marcha, se vino con nosotros, pero no pasó de la carretera que cortaba el sendero. Viendo que los Reverendos seguíamos adelante, se quedó mirándonos con ojos tristes, que también nos entristecieron a nosotros. Pero así es la vida, y el homo viator debe seguir su camino. Mas no nos dejemos abatir por la melancolía: el día estuvo orientado a las buenas risas, como las que echaron las Venerables Hermanas Mary, Inma y Loli.

Agotados por la subida, a eso de la hora duodecima llegamos a la solitaria Villa de Jabugo, recogida en una tarde de sábado. Dimos un breve paseo y, como faltaba poco para la puesta de Sol, iniciamos el regreso a Galaroza. Recuérdese el peligro que habita en estos caminos primordiales, donde abundan hadas, encantarias, faes, brujas, druidas, almas en pena, ninfas, duendes de toda condición y, en general, seres con los que no resulta prudente encontrarse.

El sendero estaba cada vez más envuelto en sombras. Hubo un momento de enorme peligro. El Venerable Hermano Andrés, con arrojo y valentía, no dudó en trepar hasta una elevada rama para coger unas moras que ofrecer a los demás miembros de la Congregación. Pero de pronto, sonó el crujido de una rama... y otro chasquido... ¡y otro más! El Reverendo a punto estuvo de caer al vacío, si no hubiera sido por que, todos a una, los Fratres alzaron sus cayados para sujetar al Venerable, que se salvó milagrosamente del costalazo y consiguió las preciadas moras. Vuestro Señor Abad no pudo alzar su báculo con los demás porque estaba grabando la gesta para la inmortalidad.

El tiempo corría más rápido que nuestras pecadoras piernas. Las tinieblas vencían a la luz y los Fratres, agotados, no podíamos ir más deprisa. De repente, merced, sin duda, a mágico encantamiento, se apareció en nuestro camino un misericordioso banco que, surgido de la nada, ofreció asiento y reposo a los esforzados Venerables. Gracias a este breve descanso, recuperamos el resuello y el buen paso.

Pero la oscuridad nos rodeaba por doquier. Poco después, ya no se veía nada y no portábamos antorchas, tan sólo unas pobres lucernas. Para colmo, cuando estábamos a menos de media legua de la Villa de Galaroza, la cosa se complicó: inopinadamente, comenzaron a surgir de la noche, como espectros, sombras que nos adelantaban. Pese al susto tremendo, debió tratarse de seres mortales, pues ninguno se identificó como ánima en pena ni nos pidió favor o penitencia alguna. Por fin, merced a la Divina Providencia, alcanzamos la villa cachonera sanos y salvos.

Tras tantas emociones, era necesario pensar en la cena de la Congregación. Tomamos los abaciales vehículos y nos trasladamos a la aldea de Carboneras, a un bar de cuyo nombre no quiero acordarme. En un viaje anterior (y en otros posteriores) habíamos descubierto que, lamentablemente, en ese local tan exquisitamente rústico y con tan fabulosa chimenea, no se quiere bien a los forasteros. Pero aquella noche, después de tantos peligros, todo fue bien: brindis, risas, proyecto de un viaje a la Villa y Corte de Madrid (que nunca tuvo lugar), buen yantar y mejor conversar.



3 comentarios:

  1. Qué memorable y gran día. Todavía tengo el palo en casa. Qué bien lo pasamos!. Hermana Mary

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    1. Memorable y grande, sí. En cuanto pase esta racha del covid-19, estaremos retomando estas buenas costumbres. Ese palo hay que ponerlo en forma para que no se oxide!! 😀

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    2. ¡ Jabugo....Múrtigavir...
      Cuánto atormentáis mi mente!!!

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