En aquel tiempo, nuestro Venerable Hermano Andrés quería ganar indulgencias, y para ello fue en peregrinación desde la Villa y Corte de Barbate hasta la Capital del Reino. Peregrinando, pasó por la Villa de El Ronquillo, y los Fratres nos reunirnos allí con él y almorzamos en el refectorio de Casa Ferrer. Probamos ricas viandas, siendo muy celebrado por la Venerable Hermana Mary y por el Venerable Hermano Andrés el arroz con conejo. A Vuestro Señor Abad no le gusta el conejo, por lo que, muy discretamente, sin que nadie lo notara, dejó a un lado la carne y se comió sólo el arroz.
A la de nona, el tiempo apremiaba y el Venerable Hermano Andrés tenía que seguir su peregrinación. Le acompañamos un tramo del camino, deteniéndonos en Montemolín, una villa de encantadora austeridad extremeña. Tomamos café en el Bar El Cortijo, frente al Ayuntamiento, con vistas a la imponente Iglesia de la Concepción, antaño hospital de peregrinos (estábamos en el Camino de Santiago).
De improviso, los pacíficos veladores se revolucionaron y un grupo de zagales empezó a tirar petardos a diestro y siniestro. Los lugareños orientaron sus mesas hacia la puerta del Ayuntamiento: se celebraba la boda de alguien conocido en la villa, El Zumbaíto, según nos informaron. La salida de los novios fue recibida con una lluvia de petardos.
Tras presenciar el evento, despedimos al Venerable Hermano Andrés, que siguió su peregrinar, y continuamos recorriendo el pueblo. Al pie del Castillo de Montemolín, visitamos la Ermita de Nuestra Señora de la Granada, patrona de la villa. Después, la Venerable Hermana Pilar y Vuestro Señor Abad subimos a la fortaleza, que se encuentra en un promontorio, lo que le da una singular majestuosidad de la que su ruinoso estado no la ha podido desposeer. Desde allá arriba, saludamos a la Venerable Hermana Mary y al Venerable Hermano Manolo, y disfrutamos de las vistas y de una otoñal puesta de Sol.
Pero no finalizaría aquella jornada sin que los Venerables hiciéramos un descubrimiento inquietante. Pasamos por la calle Doctor Valencia, a la altura de la calle Jesús y del Pasaje de Martín Álvarez, y llamó la atención de Vuestro Señor Abad el empedrado del suelo, ornamentado con una representación muy singular: la flor de seis pétalos. Como bien saben los iniciados en los misterios del Santo Grial, se trata del símbolo de María Magdalena.
Unos meses atrás, los Venerables ya se habían topado con la flor de seis pétalos, aunque no se dieron ni cuenta, los muy zangolotinos. Sucedió en la Villa de Calera de León, en la calle Pelay Pérez Correa. Para Vuestro Señor Abad, volver a encontrar ese símbolo no fue casualidad, pues, como diría Carl Gustav Jung, las casualidades no existen. Sin duda, se trataba de señales dejadas ex profeso por el herético Priorato de Sión: los custodios, después de los Templarios, del Sangreal (el Santo Grial), el linaje sagrado de Jesús de Nazaret y María Magdalena. No olviden Vuesas Mercedes que por las tierras extremeñas del Bayliato cabalgaron otrora los Templarios, que precedieron al Priorato en tan arriesgada y noble misión.
Hoy día ya no existe la flor de seis pétalos sobre el pavimento de Montemolín. Alguien decidió borrarla. Seguramente, tendrá que ver con las tensiones entre Roma y el Priorato. Pero tales asuntos deben ser tratados con sumo sigilo y no resulta prudente comentarlos aquí...

K.Jung hablaba de coincidencias significativas tal com sucede cuando, un determinad día, recibimos varias llamadas telefónicas, de diferentes personas, a las que hace tiempo que no vemos. También sucede con cartas, recibidas el mismo día, o en días sucesivos, de determinas personas.
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