sábado, 24 de febrero de 2007

De cómo los Fratres descubrieron el Puente Romano sobre el Arroyo del Salado

Dramatis personaeJuan, Pilar, Vuestro Señor Abad.

En aquel tiempo, los Fratres vivieron una de las jornadas que Vuestro Señor Abad recuerda con más cariño en todos estos años, pues fue la tarde en que descubrimos un lugar arqueológico que nos resultó fascinante: el Puente Romano sobre el Arroyo del Salado.

Era una jornada más primaveral que de invierno y los Venerables íbamos en dirección a la Vía Verde, como en tantas otras ocasiones, sin otro propósito que contemplar cómo se derramaban las horas sobre la Sierra Sur de Sevilla. De repente, desde el coche, en la carretera, vimos a lo lejos una torre solitaria que vigilaba silenciosamente desde el horizonte. El Venerable Hermano Juan, Maestro Astrónomo, dijo: "¿Por qué no vamos a esa torre y la conocemos?" No sabíamos cómo se llegaría hasta allí, pero daba igual: la decisión estaba tomada.

Vuestro Señor Abad recordaba que muy pronto, en una curva de la carretera, llegaríamos a una gasolinera que sería un buen lugar para preguntar. Allí nos detuvimos. El empleado era un joven de la Villa de Montellano, muy amable, que nos explicó que el torreón en ruinas que veíamos era la Torre de Lopera. Y lo más interesante de todo, que al pie del monte sobre el que se alzaba, había nada menos que un puente romano (vuestro humilde siervo supo, años después, que en la comarca se conocía como El Puentecito Romano). El joven se emocionó al recordar que allí iba a jugar con sus amigos cuando eran niños; y es que aquel lugar tiene algo especial que muy pronto íbamos a sentir nosotros mismos. Nos explicó cómo llegar (no era difícil y no estaba lejos), y los Venerables, excitados, salimos inmediatamente en su busca.

Siguiendo las indicaciones, tomamos una carretera secundaria, antaño cañada real. Era todo un viaje a la Historia. En menos de media hora alcanzamos el lugar y aparcamos en un rellano junto a la carretera, desde donde arrancaba el Puente Romano, que aunque estaba en un lamentable estado de ruina, era de romántica y exquisita decadencia. A la izquierda, al otro lado de la vía, en lo alto del monte, se alzaba la Torre de Lopera, aunque una cancela cerrada impedía subir. Así que exploramos, entusiasmados, el puente y sus alrededores, con la emoción de haber encontrado un sitio mágico, oculto entre la maleza de lo cotidiano.

Según las fuentes del s. XIX, el Arroyo del Salado era de salvaje caudal, pero ahora era manso y tranquilo, y podía cruzarse de un salto. Tenía el Puente Romano dos extraños agujeros en el suelo, a través de los cuales se veía el agua. Por el primero de ellos había caído un desdichado burro, cuyos humildes restos reposaban tristemente entre la basura que había acumulada junto al arroyo, lo que supuso un contrapunto de desasosiego para los Venerables y empañó un poco el alborozo del descubrimiento arqueológico. Pero aquella visión no impidió que pudiéramos seguir disfrutando del encantamiento, y la mente desbordante de Vuestro Señor Abad llegó incluso a imaginar a una cohorte de legionarios romanos atravesando el puente en sabe Dios qué labor de vigilancia de la vía.

Tras largo rato, los Venerables nos despedimos de aquel paraje y volvimos a tomar el abacial vehículo, adentrándonos en la Sierra hasta llegar al pie del monte sobre el que se alza el Castillo de Cote, donde nos detuvimos para contemplarlo. El Maestro Astrónomo tomó algunas fotografías de la gótica fortificación. Después continuamos hasta la Estación de Coripe, donde dejamos el automóvil. Caminamos un buen trecho de la Vía Verde y se nos hizo de noche, convirtiéndose el senderismo en nocturno. Atravesamos túneles oscuros y tenebrosos, como el Túnel del Testarudo o el Túnel del Atajo, rodeados por siniestros orbes. Anduvimos durante bastante tiempo hasta que, ya en la secunda vigilia, regresamos al coche y pusimos rumbo a nuestra amada Abadía.

* * *

P.S.- Trece años después, Vuestro Señor Abad y la Venerable Hermana Pilar hicimos un viaje a las ruinas de Tejada la Vieja con la Asociación de Amigos del Museo Arqueológico de Sevilla (AMAS). A la vuelta, en el autobús, vuestro humilde siervo tuvo la oportunidad de mostrar unas fotografías de nuestro Puente Romano al insigne arqueólogo Fernando Fernández Gómez, Vicepresidente de la AMAS, que durante muchos años (1979-2006) había sido Director del Museo Arqueológico de Sevilla. Y en cuanto las examinó, me reveló una verdad inquietante: pese a su apariencia, ni era puente, ni era romano, sino una construcción mucho más moderna. En su autorizada opinión, realmente se trataba de un molino de agua, probablemente de los tiempos de Carlos III, durante cuyo reinado se acometieron numerosas obras públicas en todo el país. ¡Qué desengaño más grande! Pero no importa: para este humilde amanuense, lo esencial es soñar, y para mí, en aquel lugar de poder que un día nos fascinó, siempre estará el Puente Romano sobre el Arroyo del Salado.



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