En aquel tiempo, los Fratres llegamos a la Villa de Almadén de la Plata, en la Sierra Norte sevillana, en busca de un lugar de nombre muy evocador: la Ruta de los Dólmenes. Atravesamos el pueblo y, a la salida, nos desviamos por el camino del Campo de Fútbol La Encina, siguiendo una carretera que acabó tornando en pobre carril. Y cuando las condiciones de éste empezaron a dejar mucho que desear, aparcamos los coches a un lado y continuamos a pie.
El desfiladero en el que nos encontrábamos era uno de los parajes más apartados, solitarios y primigenios de cuantos recuerda Vuestro Señor Abad. Su nombre: el Camino del Viar, que acompañaba al río cuyo cauce discurría unos metros más abajo. Las únicas voces humanas que se escuchaban eran las de los propios Venerables y todo estaba presidido por el murmullo, cada vez más claro, del río Viar, pese a que no llevaba mucha agua, pues era aquél un año de secano.
El camino iba descendiendo y cada vez se acercaba más al lecho del río, hasta que, por fin, se llegaba a un punto en el que el carril obligaba a vadearlo y pasar a la otra orilla, donde se encontraba nuestro objetivo: los dólmenes. El Venerable Hermano Juan, Maestro Astrónomo, los divisó antes incluso de cruzar a la margen contraria.
Debo confesar que Vuestro Señor Abad se sintió decepcionado por el pequeño tamaño de los monumentos megalíticos. Había varios dólmenes, probablemente más de los que vimos. Tenían todos una pequeña abertura rectangular, a modo de puerta, que no caímos en comprobar si se encontraba orientada hacia el este, como es costumbre en los dólmenes y en la arquitectura religiosa posterior.
En cualquier caso, disfrutamos de aquel lugar que no dejaba de ser ancestral y que nos comunicaba con tiempos remotos, en un sitio absolutamente idílico y primigenio. Allí, junto al río, el tiempo se reblandeció hasta deshacerse y sorprendernos la noche. Posamos los Venerables en la oscuridad, ante los dólmenes que habíamos descubierto, y la luz del flash dio testimonio de nuestra presencia. Un simpático sapo nos saludó y se sintió cómodo en las manos del Venerable Eduardo.
Entretenidos con estos trabajos, nos dieron las Completas e iniciamos el regreso por el Camino del Viar, entre tinieblas, a la luz de unas teas, hasta que, por fin, alcanzamos los vehículos y pusimos rumbo a nuestra querida Abadía.
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