En aquel tiempo, los Fratres llegamos a la Villa de Pruna, en la Sierra Sur sevillana. El pueblo se encontraba en la llanura, pero en las afueras, no muy lejos, había un altísimo peñón sobre el que se alzaba una fortaleza, que era nuestro objetivo: el Castillo del Hierro. Su nombre evoca la épica serie Juego de Tronos (para la que aún faltaban muchos años), aunque aquel día no se podía decir que estuviera llegando el invierno ("Winter is coming"), más bien era la primavera la que estaba a la vuelta de la esquina.
Aún faltaba para la hora de nona, pero los Venerables decidimos no esperar más y cumplir con el rito sagrado del yantar, para lo que elegimos el refectorio exterior del Bar cafetería Los Ratones. Durante la comida, Vuestro Señor Abad gastó una broma a sus Venerables Hermanos, diciéndoles que el Venerable Hermano Andrés (que no nos acompañaba en esta ocasión) realmente era un espía del CNI, oficio que llevaba en secreto. Ante esta revelación, los Fratres dudaron, salvo el Venerable Hermano Manolo, que no lo creyó en ningún momento; pero como quiera que las Venerables Hermanas Mary y Carmen, que tienen mucha fe, se lo creyeron a pies juntillas, este humilde amanuense fue haciendo la mentira cada vez más gorda, diciéndoles cosas tales como que el Venerable Andrés siempre llevaba una pistola encima; o que no le gustaba hablar de las personas que había tenido que matar en sus misiones en el norte de África; o que, en cierta ocasión, para infiltrarse en una cédula yihadista, tuvo que circuncidarse para no levantar sospechas en el hamán. Con este último extremo (que, realmente, había contado el escritor Antonio Salas en una entrevista), las risotadas de los Venerables debieron llegar hasta la provincia de Cádiz. (Mis disculpas por la licencia, Venerable Hermano Andrés 🙏).
Desvelado el misterio y aclarado que todo era una broma, y puesto que ya habíamos dado buena cuenta de las viandas, echamos a andar por la carretera. Dejamos a un lado la pista para helicópteros y, minutos más tarde, alcanzamos el enorme cerro en las afueras, sobre el que se alza el imponente Castillo del Hierro. Vuestro Señor Abad, la Venerable Hermana Pilar y el Venerable Hermano Manolo habíamos visitado esta fortificación de la Banda Morisca cinco años atrás, y por eso estábamos prevenidos de algo que pilló por sorpresa a los demás Fratres: la tremenda subida que nos esperaba para llegar al castillo. En efecto, nada más alcanzar el pie del peñón, se levanta una formidable escalera: "Ascendit ad caelum!" ("¡Asciende hasta el cielo!"), exclamaron, horrorizados, los Venerables.
Vuestro Señor Abad tuvo que conminar a los reticentes Fratres para que iniciáramos el ascenso. Y a regañadientes y parando cada dos por tres, comenzamos la subida de la infinita escalera. No llevábamos aún la mitad del camino hecho, cuando encontramos un hermoso caballo blanco, clara señal, sin duda, de que los hados nos eran propicios. La Venerable Hermana Pilar, que subía la primera, se tomó varias fotos con el singular Pegaso sin alas que los cielos nos habían enviado.
Pero aquella montaña era demasiado para mis Venerables Hermanos. Sin duda, el castillo estaba bien resguardado. Hacía rato que la escalera se había convertido en camino de piedra y los Fratres se pararon por enésima vez a descansar, esta vez con claros síntomas de agotamiento, y se plantaron: dijeron que no seguían. Vuestro Señor Abad y la Venerable Hermana Pilar decidimos reanudar solos el ascenso, mientras los restantes Venerables permanecían en aquel punto descansando y disfrutando de impresionantes vistas.
Así pues, continuamos nosotros dos la subida. El camino de piedra tornó en trocha pura y dura, y se hizo más empinado aún. Y por fin, tras denodados esfuerzos, alcanzamos el castillo. En propiedad, era una torre que fue fortificada por los musulmanes con una muralla, para defenderse de los ataques de los cristianos. Desde allí se divisaban el Castillo de Olvera y el Castillo de Vallehermoso. Las vistas que se abrían ante nuestros venerables ojos eran un auténtico espectáculo. En lugar del Monte de las Tentaciones, el Diablo bien podía haber escogido este lugar para tentar a Nuestro Salvador.
Después de tomar fotos y hacer un vídeo para que tomasen conocimiento de la belleza de aquel lugar los Fratres que no habían podido subir hasta aquí, Vuestro Señor Abad y la Venerable Hermana Pilar iniciamos el descenso y recogimos a los restantes Venerables para regresar. Cuando llegamos todos hasta el pie de la montaña ya era de noche y el castillo estaba iluminado de tal forma que parecía estar habitado por almas en pena.
Caminamos hasta la Villa y tomamos los vehículos abaciales para volver a nuestra Abadía, no sin antes desviarnos hasta nuestra querida Venta El Potaje, en cuyo refectorio cenamos y nos calentamos con su chimenea.
Ignorante de mí. Yo pensé que el Castillo del Hierro se encontraba en la isla del mismo nombre, ahora conicida como Isla de los Senegaleses.
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