sábado, 13 de agosto de 2016

De cómo los Fratres vivieron grandes horas en casa del Venerable Hermano Andrés

Dramatis personae: Andrés, Antonio, María, Pilar, Vuestro Señor Abad, Yiyi (amada madre de Vuestro Señor Abad).

Resulta paradójico que no existan fotografías de algunos de los momentos más especiales que hemos vivido los Fratres. Sin duda, estábamos demasiado ocupados disfrutando de nuestra hermandad... Esto explica que en la Biblioteca de la Abadía no haya ni una sola foto de las grandes horas que vivimos en las comidas que celebramos en casa del Venerable Hermano Andrés, en la Villa y Corte de Barbate.

A varias de esas comidas asistió mi amada madre, Remedios, Yiyi para los íntimos, y disfrutó enormemente. Se celebraban en el patio de la casa, habilitado como refectorio de verano. El Venerable Andrés traía los mejores productos del Mercado de la Villa, comprados esa misma mañana, temprano. Recuerda este humilde amanuense las almejas marineras y el cava Vía de la Plata, de Almendralejo. El Venerable observó cuánto nos gustaban a mi madre y a mí, y a todos, y siempre se ocupó de que no faltaran en aquellas encantadoras reuniones. De todo corazón, os estoy eternamente agradecido, Venerable, por cuidar así de todos nosotros, y muy especialmente, de mi queridísima madre.

Pues bien, en aquel tiempo, en los idus de agosto del año 2016 AD, los Fratres celebramos una de aquellas reuniones entrañables en casa del Venerable Hermano Andrés. Y asistía también mi madre, siendo en aquella ocasión cuando conoció al Venerable Hermano Antonio, también llamado El Maestro.

A la hora de nona, llegamos a la morada de nuestro Barbateño Hermano, y la acogida que nos dispensó nos hizo sentir como en nuestro propio hogar. La primera providencia que adoptó el Venerable Andrés fue ayudarme para que mi madre quedara perfectamente acomodada en el patio-refectorio de la casa, que previamente había regado para que lo encontráramos fresquito. Mi madre estaba encantada. Y yo también.

Resuelto lo anterior, el Venerable dirigió su atención a la cocina, que comenzó a funcionar a toda máquina. La Venerable Hermana Mary, Gran Maestra Chef (como él), había preparado una berza jerezana (nos la tenía prometida) y unos montaditos de pringá, para cuya preparación había traído ex profeso una sandwichera. Fueron momentos de frenética actividad culinaria, para los que el Venerable Hermano Andrés había dispuesto el acompañamiento de generoso picoteo y bebida, y todos se ocuparon de que a mi madre y a mí, que nos quedamos en el patio, no nos faltara de nada.

Así, minutos más tarde, todos reunidos ya en el patio-refectorio, dimos buena cuenta de una opípara y exquisita comida, obra de los Venerables Hermano Andrés y Hermana Mary. Tan opípara, que no fuimos capaces de llegar a los montaditos. Un almuerzo magnífico, tanto por lo culinario como por los agradables momentos que nos regaló. La Congregación lo pasó de lo lindo.

Tras la sobremesa, salimos a dar un paseo. Tomamos café en el bar del primo del Venerable Hermano Andrés (Bar Mantecoso), a poca distancia de su casa. Su primo nos atendió como si fuéramos de la familia. Después anduvimos hasta el Paseo Marítimo y fuimos, como tantas otras veces, a la Heladería El Malagueño, donde tomamos unos helados riquísimos. El Venerable Andrés, siempre atento y previsor, antes de salir, había procurado a mi madre una manta para que se la echara por encima en la silla de ruedas, para que cuando estuviéramos frente al mar, no se enfriara con el relente.

Así se fueron derramando unas horas deliciosas, hasta que la tarde declinó y regresamos a la casa del Venerable. Hubo bendiciones, abrazos y despedidas, y nos hicimos al camino para dirigirnos a la Villa de Cádiz, morada del Venerable Hermano Antonio El Maestro.

En el vehículo abacial hubo canto, con las angelicales voces de los Venerables Hermano Antonio y Hermana Mary, que se entregaron con sentimiento a la copla. Vuestro Señor Abad ya había tenido el privilegio de poderlos escuchar cantando años atrás, en 2013, como ya narré en estas crónicas.

Cuando llegamos a la Villa de Cádiz, finalizó el repertorio coplero. Aparcamos en el Parking Campo del Sur y, por indicación del Venerable Antonio, fuimos a cenar al Ajolá. El Venerable me recuerda también que Vuestro Señor Abad se acercó caminando (siguiendo sus instrucciones para el callejeo) hasta la Freiduría las Flores, para que pudiésemos disfrutar de rico pescaíto frito. En el Ajolá, afortunadamente, sí hubo fotos, donde las caras lo dicen todo...

Por parte de este humilde amanuense, Venerables, debo deciros que mi amada madre lo pasó genial y que siempre refirió cómo Vuesas Mercedes estuvieron pendientes de ella todo el tiempo y lo bien que lo pasó con tan grata compañía, tanto en ésta como en otras jornadas que ella recordó muchas veces con gran alegría. Vuestro Señor Abad os está infinitamente agradecido y siempre estará en deuda con Vuesas Reverencias. Gracias, de todo corazón.



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