viernes, 25 de febrero de 2005

De cómo los Fratres quedaron atrapados por la nieve en una casa perdida en la Sierra de Huelva

Dramatis personaeJuan, Mari Ángeles, María Jesús, María José, Pilar, Teresa, Vuestro Señor Abad.

En aquel tiempo, los Fratres, para asuntos de nuestro ministerio, nos retiramos a una casa perdida en mitad de la nada, en algún punto indeterminado de la Sierra de Huelva, entre las villas de Los Marines y Cortelazor. Aunque era invierno, hacía demasiado frío para aquella época del año: febrero había perdido el oremus, y no podíamos ni imaginar lo que nos esperaba...

La Venerable Hermana Pilar llegó un día después, el sábado por la mañana. Recuerda Vuestro Señor Abad que había quedado con ella en que le avisara cuando el autobús la dejara en Aracena, para ir a recogerla con el coche. Me despertó su tempranera llamada telefónica:

- ¡Mi Señor Abad! ¡Está nevando! ¡Está nevando! ¡Tengo todo el pelo blanco! -dijo, alborozada.

Este humilde amanuense saltó del jergón como un resorte y se asomó a la ventana, y vio todo el suelo blanco y los copos de nieve cayendo. Emocionado, fui por toda la casa, llamando a todas las habitaciones, anunciando a voces la buena nueva: "¡Está nevando! ¡Despierten Vuesas Reverencias! ¡Está nevando!"

Tomé el vehículo rápidamente, pues la nevada iba en aumento y temía que el carril fuese a quedar bloqueado. Llegué hasta la Villa de Los Marines y de allí a la carretera general. Arribé a la Villa de Aracena en un tiempo prudencial, aunque no paraba de nevar y el manto blanco era cada vez más tupido. Recogí a la Venerable, que tenía el pelo cubierto de copos. Aunque Vuestro Señor Abad nunca había conducido con nieve, estábamos entusiasmados con aquella belleza invernal.

Como el pronóstico del tiempo indicaba que iba a peor y nos habían advertido que la finca podía quedar aislada por la nieve, al pasar por el Cuartel de Bomberos nos detuvimos a preguntarles. Los bomberos confirmaron el augurio y dijeron que era muy probable que nos quedáramos atrapados en la finca, en medio del campo, y que no se sabía cuánto iba a durar esta situación, que podría alargarse incluso más allá del lunes. Nos recomendaron lo que debíamos llevarnos a la casa ante tal eventualidad, así que fuimos a comprarlo para pertrecharnos y partimos de inmediato.

Pero cuando íbamos a enfilar la salida de Aracena, un Guardia Civil nos hizo detenernos para informarnos que la carretera estaba cortada por la nieve y que no se podía circular. No nos obligó a dar la vuelta, así que le dimos las gracias y avanzamos unos metros con el coche, indecisos, sin saber qué hacer. Entonces vimos que un camión se adentraba en la carretera, dejando los dos grandes surcos de sus ruedas en la nieve. Y no nos lo pensamos mucho: nos pusimos detrás, aprovechando el camino que nos dejaba marcado. Cuando llegamos al cruce de Los Marines, el camión siguió adelante y nosotros entramos en la villa.

Nos pareció prudente dejar allí aparcado el vehículo, pues, sin duda, el carril hasta la casa estaría absolutamente impracticable (como, efectivamente, comprobaríamos después). Y cargados con las bolsas de lo que habíamos comprado, comenzamos a caminar, bajo la continua nevada. Para ayudarnos con la carga, algunos Venerables habían partido andando desde la casa y nos salieron al encuentro a mitad de camino. Cuando llegamos, ya todo estaba cubierto por un manto blanco. Teníamos leña, comida, bebida y mantas, aunque andábamos escasos de butano para el frigorífico y para el termo, y estábamos aislados, aunque locos de contentos. Y en el caso de la Venerable Hermana María José, imaginen Vuesas Mercedes su emoción, pues era la primera vez que veía la nieve.

Así transcurrieron aquellos entrañables días, apartados del mundo. Disfrutamos de horas deliciosas. La chimenea se convirtió en la gran protagonista. Recuerda Vuestro Señor Abad gratos momentos de tertulia y de comida. A instancia de vuestro humilde siervo, se habló mucho de El Código Da Vinci y los misterios que revelaba (los Fratres de esta Abadía estábamos autorizados por el Señor Obispo para tratar de temas heterodoxos). Recuerdo particularmente la lectura por la noche, junto al hogar, de un artículo sobre las claves ocultas de La Última Cena, de Leonardo, escrito por Javier Sierra.

También salíamos de paseo bajo la nieve. La Venerable Hermana Teresa se protegía con un paraguas verde y todos los Fratres marchábamos encapuchados. Disfrutábamos como niños. Hasta tuvimos ocasión de hacer el ángel en la nieve, tirados sobre el suelo.

El domingo por la tarde cesó la nevada y el lunes, último día en la casa, nuestro aislamiento del mundanal ruido había terminado: el único coche que nos quedaba en la finca ya podía atravesar el carril. Aunque no nevaba desde el día anterior, ya con la chimenea apagada, hacía un frío que pelaba y el butano se terminó a mitad de la ducha de este humilde amanuense (una experiencia terrorífica). Mientras los Venerables recogían y empacaban, Vuestro Señor Abad se adelantó caminando hasta Los Marines a por el otro vehículo, y volvió a recoger a los Fratres que habían preferido volver a la Villa andando, pues todos no cabían en el auto que quedaba en la casa. Y ya con los dos coches listos y pertrechados, iniciamos el camino de regreso a la Abadía, concluyendo uno de los viajes más bonitos y entrañables que hemos hecho nunca.



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