En aquel tiempo, los Fratres llegamos a la Estación de Cazalla-Constantina, en la Sierra Norte de Sevilla, para hacer un retiro espiritual que duraría tres intensos días. Fue en una casa rural junto a la carretera, tomando un carril que bajaba en fuerte pendiente. Tenía la casa dos plantas y una chimenea, pero ésta no agradó a Vuestro Señor Abad, pues el hogar, además de no ser demasiado grande, tenía una puerta protectora de cristal que le restaba todo el encanto. Pero hay que ser justos y reconocer que la casa, por lo demás, era estupenda, con su puerta trasera situada a cien pasos del río Huéznar.
Durante aquellos tres días, los Venerables recorrimos a placer diversos parajes en torno al río Huéznar, pues nuestra casa se encontraba al lado del nudo en que confluían los principales senderos. La memoria falla a este humilde amanuense, pero en la Abadía se conservan fotos de aquel entonces del Area recreativa Isla Margarita. Creo que también anduvimos por la Ruta del Molino del Corcho.
Lo que sí recuerda vuestro humilde siervo es que el sábado estábamos atravesando afanosamente un tramo del Sendero Las Laderas, cuando vimos detrás de nosotros a un hombre delgado que llegaba corriendo a toda velocidad y, en cuestión de segundos, nos saludaba, nos rebasaba y desaparecía en la lejanía, como alma que lleva el Diablo. Nos quedamos perplejos al ver la energía del canijo, por lo que no dudamos en bautizarle con el nombre de Orzowei. Por cierto, un rato después, cuando aún no habíamos avanzado casi nada, volvimos a cruzarnos con Orzowei, que ya venía de vuelta a toda pastilla.
La noche del sábado al domingo, los Venerables salimos a dar un paseo nocturno. Caminamos en la noche oscura por alguno de los senderos que teníamos cerca de la casa, en aquel lugar privilegiado. Pero el hado vertió el infortunio sobre nosotros y la caminata terminó abruptamente: la Venerable Hermana Mari Ángeles, inopinadamente, se torció el tobillo y sufrió un aparatoso esguince. Entre dos Fratres ayudamos a la Venerable para que pudiera caminar, aunque fuera de mala manera, pero resultó inútil. El Venerable Hermano Juan, Maestro Astrónomo, marchó entonces a toda velocidad a buscar el abacial vehículo de la Venerable, con el que regresó y la llevó hasta la casa. Los demás Hermanos también dimos por terminado el infausto paseo y retornamos.
El domingo de mañana, los Fratres volvimos a los senderos, aunque sin poder disfrutar de la compañía de nuestra Venerable Hermana Mari Ángeles, que no podía andar y se quedó en la casa, en el sofá, con la chimenea y una manta, gozando de buena lectura. Las pocas fotografías que se conservan de aquel retiro espiritual corresponden precisamente a este último día y dan fe de la belleza de aquellos parajes, con el río Huéznar como protagonista.
Comimos en la casa y, por la tarde, los Fratres permanecimos reunidos en el salón, al amor de la lumbre. A la hora de la merienda, se hicieron las cuentas de los gastos que había que sufragar. Después, los Hermanos quedamos en agradable tertulia. El Venerable Hermano Juan, con su gorro y su batín, fumó sentado junto a la chimenea. Los demás Venerables fuimos posando con Lyra en brazos. Y así, lenta y plácidamente, las horas se fueron derritiendo hasta que llegó el momento de partir de regreso a nuestra Abadía.
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