sábado, 3 de junio de 2006

De cómo los Fratres descubrieron el Castillo de las Aguzaderas


En aquel tiempo, los Fratres nos hicimos al camino, y nos dirigimos hacia el Sur, hacia la Banda Morisca. Los vientos eran favorables y los hados propicios, y aún no éramos conscientes de cuán singular iba a ser aquel viaje...

Pasados tres kilómetros de El Coronil, a la derecha, no en lo alto de un monte, como mandan los cánones de la arquitectura militar, sino en una depresión del terreno, apareció como un espectro el Castillo de las Aguzaderas, un lugar rudo y magnético, casi brutal, envuelto en una profunda oscuridad. Incluso su nombre era legendario: se llamaba así porque hasta sus rocas y muros se acercaban los jabalíes para afilarse los colmillos, cuando todo aquello era un frondoso bosque. ¿Pero por qué no estaba la fortaleza en lo alto de una montaña? Se levantó en ese lugar por su especial destino estratégico: la defensa de un manantial, la Fuente de las Aguzaderas, indispensable para surtir de agua a las tropas y a las caballerías en la dura vida de la frontera.

El castillo estaba rotundamente cerrado. Nos quedamos a las puertas, algo decepcionados por no poder pasar, como si no fuésemos bienvenidos a sus misterios. Y así las cosas, comimos y bebimos frugalmente, como corresponde a una orden monástica como la nuestra.

Tal vez fue aquella noche cuando nació en el Venerable Juan el deseo de dormir algún día junto a un castillo, o dentro de él. Su sueño se haría realidad años después, cuando alquiló una casa rural durante un fin de semana, justo enfrente del Castillo de las Aguzaderas. El dueño de la casa contó que la compró con el dinero que le había tocado con el cupón de la ONCE, pero ésa es otra historia...

Regresemos a nuestra crónica. Nuestro Venerable Hermano Juan instaló su telescopio y nos tuvo absortos en los misterios que encierra el Universo. El Maestro Astrónomo, largamente adiestrado en las leyes de la Óptica, aplicaba una lupa al telescopio para enfocar los cuerpos celestes.

Y así, inopinadamente, en medio de la oscuridad, dieron las doce de la noche. Este humilde amanuense seguía concentrado en el telescopio y en las cuestiones estelares y no me percaté de que había comenzado la jornada del cuatro de junio, el día en que Vuestro Señor Abad cumplía 40 (hoy ya lejanas) primaveras. Y para mi sorpresa, mientras me afanaba en la lupa y el telescopio, escuché entonar detrás de mí el Cumpleaños Feliz. Me di la vuelta y vi cómo cantaban angelicalmente, como en el coro de la Abadía, mis Venerables Hermanos, al tiempo que portaban una tarta helada, con sus correspondientes velas encendidas (en número igual a 4, como simbólica representación de las 40 castañas que me caían).

Disfrutamos de la riquísima tarta helada. Y tuvimos música inesperada (pasodoble incluido), que provenía de uno de los chalets que había frente al castillo. De este modo, delante de aquella fortaleza tremenda y olvidada, bajo la luz de cien mil millones de estrellas, vive Dios que hubo baile. Un momento así quedó merecidamente inmortalizado para los siglos venideros con bonitas fotografías.

Pero tempus fugit y la noche avanzaba. Nuestra ruta meridional debía continuar y volvimos al vehículo. Nos adentramos en la Sierra Sur, llegando hasta la Estación de Puerto Serrano, ya en la provincia de Cádiz. Elegimos este lugar porque no habíamos estado nunca.

Allí los Fratres continuamos a pie y recorrimos un trecho de la Vía Verde. Aunque no sin cierta inquietud, a causa de los muy intimidatorios ladridos de los perros en la noche, que parecían seguirnos. Afortunadamente, los dejamos atrás sin mayores sobresaltos. La marcha fue tranquila, acompañados por el relente de la noche, que cada vez se hacía más de notar. Este tramo de la Vía Verde no tenía la belleza agreste de la Estación de Coripe o del Paraje de Aguilera (vulgo, Junta de los Ríos), pero también poseía sus encantos.

Ya bien entrada la madrugada, los Fratres dimos media vuelta y comenzamos el camino de regreso. El volver a pasar por la zona de los perros no supuso ningún problema. Alcanzamos, por fin, la Estación de Coripe y regresamos a Nuestra Venerable Abadía.



3 comentarios:

  1. Ante todo felicidades!!
    Que noche más buena pasamos. Gracias a tí puedo recordar tantos detalles que ya casi no recordaba. Gracias otra vez.

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  2. "—Y ¿sabes qué pienso? — dijo entonces—. Pues que para las personas los recuerdos son el combustible que les permite continuar viviendo".
    Haruki Murakami

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