viernes, 19 de mayo de 2006

De cómo los Fratres descubrieron el Paraje de Aguilera y fueron perseguidos por horribles espectros en el Túnel del Esqueleto


En aquel tiempo, la noche del XIV al XIII día antes de las calendas de junio del pretérito año de 2006 AD, hacía calor, y los Fratres salieron de la Abadía después de las completas. Siguiendo nuestra costumbre, compramos bocadillos y bebidas en lo que hoy es el Kiosko Sierri, en Bami, y partimos rumbo a la Sierra Sur.

Siendo la secunda vigilia, cerca ya de la media noche, los venerables estómagos de los Fratres se quejaron de hambre. Paramos para cenar en algún lugar perdido en las estribaciones de la Sierra. La oscuridad era completa y permanecimos en pie, junto al coche, pero ello no nos impidió dar buena cuenta de los bocadillos. A ciegas, Vuestro Señor Abad disparó dos veces su cámara y el flash inmortalizó sendos momentos de sobremesa, que cogieron de imprevisto a los Venerables.

Continuamos nuestro viaje y nos adentramos en los sinuosos caminos que atravesaban las montañas, hasta que, por fin, pese al nefasto sentido de la orientación de Vuestro Señor Abad, ante nosotros apareció el lugar que íbamos buscando: la Junta de los Ríos, donde las sagradas aguas del río Guadalporcún desembocan en el no menos sacro río Guadalete, fundiéndose con éste en un solo caudal.

El momento fue de gran alborozo para los Fratres y, aún montados en el vehículo, el Venerable Hermano Juan, Maestro Astrónomo, exclamó con gran solemnidad: "Propongo que, de ahora en adelante, este lugar sea llamado Paraje de Aguilera", haciendo con ello gran honor, aunque inmerecido, a este humilde siervo de Cristo. Pero lo cierto es que, desde ese día, aquella tierra primordial figura con el nombre de "Paraje de Aguilera" en todos los mapas del Orbe civilizado.

Y vive Dios que, en efecto, primordial y mítico era aquel lugar. No en vano, el río Guadalete (según la etimología árabe) no es sino el río Lete o Leteo, de cuyas aguas beben las almas antes de venir a este mundo, olvidando todas sus existencias anteriores, tal y como cuenta Platón en su República, recogiendo una antiquísima tradición.

Fascinados, abandonamos el vehículo y comenzamos los Venerables a caminar por la Vía Verde, escuchando el murmullo de los dos ríos que se fusionaban en uno solo. Las tinieblas de la noche nos rodeaban por doquier y no veíamos prácticamente nada. Anduvimos durante horas y el relente arreció. Quedó atrás el arrullo del agua y atravesamos varios túneles. Por fin, llegamos a uno especialmente siniestro, hasta en el nombre: el Túnel del Esqueleto.

El túnel medía cerca de tres estadios y, en algunos tramos, tenía iluminación, aunque ésta le confería un aspecto aún más lúgubre que la propia oscuridad. Las tétricas luces se activaban por sensores de movimiento, pero, en realidad, la mayor parte del recorrido fue a oscuras. Sobrecogidos con semejante escenario, los Venerables, por nuestra trascendente condición, comenzamos a hablar sobre asuntos de ultratumba. De repente, nos percatamos de que un viento gélido y amenazante se había levantado violentamente en el túnel, helándonos las entrañas. Parecía como si nuestra conversación hubiera molestado a los malos espíritus que, sin duda, allí habitaban, y Vuestro Señor Abad se vio en la obligación de recordar a los Fratres que el súbito frío helado aparece cuando se manifiestan los espectros. Los Venerables se estremecieron en la oscuridad y, visto que aún nos faltaba un buen trecho para llegar al final y que las luces se habían apagado, apretamos el paso, sin atrevernos a mirar hacia atrás.

Afortunadamente, alcanzamos la salida sanos y salvos, pero ya no nos atrevimos a continuar caminando. Hicimos una pausa para descansar (y para reponernos del susto) y nuestro Venerable Maestro Astrónomo nos deleitó con sus explicaciones acerca de las estrellas y constelaciones que observábamos desde el corazón de la sierra, lo que nos hizo olvidar el miedo que habíamos pasado y, sobre todo, la espeluznante idea de tener que volver a atravesar ese túnel para volver.

Recuperado el resuello, nos armamos de valor y entramos nuevamente en el Túnel del Esqueleto, donde nos aguardaban los horribles espectros. Apretamos el paso, con los ojos bien abiertos. Vuestro Señor Abad, cuan pastor protegiendo a su rebaño, iba al final de la comitiva. Sobreponiéndome al terror, y sin saber qué podía acecharnos a la espalda, me di la vuelta y disparé la cámara hacia la profundidad del túnel, iluminándolo con el flash. El resultado fue una fantasmagórica fotografía, en la que apareció una legión de espantosos orbes que nos seguían muy de cerca.

Pero la Divina Providencia nos protegió durante la vuelta. Anduvimos varios kilómetros, hasta que volvimos a escuchar el murmullo de los ríos. Continuamos caminando y, por fin, un buen trecho después, alcanzamos el abacial vehículo sin más percances. Era muy tarde, la quarta vigilia, no habíamos dormido nada y en menos de tres horas debíamos llegar a maitines. Había que darse prisa y resistir al sueño. Ya se sabe que, si durante el oficio un Hermano se queda dormido, si es descubierto por el Frater vigilante, éste le propinará un pescozón para despertarle y le hará entrega de su lucerna, pasando el dormilón a sustituirle como vigilante; hasta que el dormilón encuentre a otro pobre Venerable que también se haya quedado dormido y, previo pescozón, le hará entrega, a su vez, de la lucerna, convirtiéndole en el nuevo vigilante; y así sucesivamente... No había tiempo que perder: prestos, iniciamos el regreso a nuestra entrañable Abadía.



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