En aquel tiempo, una fresca mañana de otoño, los Fratres marcharon hacia el norte. Atravesamos el limes de la provincia de Corduba y llegamos a la Villa de Hornachuelos, tierra de cazadores.
Comenzamos por explorar los alrededores, orillando el Embalse de Bembézar, de aguas oscuras y herido de sequía. A Vuestro Señor Abad le trajo lejanos recuerdos de los Lagos del Serrano, aunque se echaba en falta su evocador aroma a poleo...
Por la tarde, los Fratres anduvimos durante largo rato por un sendero entre dehesas, que tal vez fue lo que más agradó a la Congregación. Pero Vuestro Señor Abad no recuerda qué sendero era.
Después de vísperas, caída ya la noche, los Venerables nos refugiamos en la Villa de Hornachuelos y recorrimos sus calles solitarias, llegando hasta el castillo. O lo que fue de él, prácticamente devorado por las casas de la villa y desaparecido por el expolio. Ya no era una fortaleza, sino una urbana plazoleta que había engullido los lienzos de su muralla.
Decía Rodin que "Nada es tan bello como las ruinas de una cosa bella", pero el Castillo de Hornachuelos, pobre de él, no hacía justicia a tan profundo pensamiento.

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