sábado, 21 de julio de 2007

De cómo los Fratres navegaron por el Estrecho de Gibraltar


En aquel tiempo, los Fratres se dirigieron al Sur, muy al Sur, hasta que arribaron a la Ciudad de Tarik: la Villa de Tarifa. Era un soleado XII día antes de las calendas de agosto. Fuimos en dos abaciales vehículos y cada uno siguió un camino. Vuestro Señor Abad tomó la Ruta del Toro y llegó antes que los Venerables del otro coche, que bordearon la costa. Nos encontramos en un aparcamiento que había junto al puerto, desde donde veíamos perfectamente África. Siempre ha impresionado a este humilde siervo de Cristo contemplar la majestuosidad y la aparente cercanía del vecino continente.

Lo primero era proveer el almuerzo, pues había dado la hora de nona. Pasamos andando junto al Castillo de Guzmán el Bueno, que estaba cerrado por obras de rehabilitación. A lo lejos veíanse el Castillo de Santa Catalina y la Isla de Tarifa, pero nosotros subimos por la Alameda, donde nos recibió el Monumento a Guzmán El Bueno, presto a lanzar su daga para el martirio de su propio hijo por los sarracenos, antes que entregar la plaza. La comida fue en el refectorio de uno de los restaurantes de la Alameda, pero este humilde amanuense ha tiempo que perdió la memoria y es incapaz de recordar en cuál.

Después del almuerzo y la sobremesa, dirigiéronse los Venerables al puerto, donde un barco de Turmares nos aguardaba. La nave se hizo a la mar y navegó hasta alcanzar aguas internacionales, cuidando de no penetrar, indebidamente, en las aguas territoriales de Marruecos. Pudimos ver numerosos delfines e incluso tuvimos la suerte de avistar varios calderones o ballenas piloto (el guía dijo que éramos afortunados).

Finalizada la aventura, regresamos a tierra y permanecimos en Tarifa hasta bien entrada la secunda vigilia. Nos hicimos nuevamente a los vehículos, pero no para regresar a nuestra monacal Abadía, sino para dirigirnos a otro sitio no menos impresionante: Trafalgar.

Cuando llegamos, dejamos los vehículos en la colonia y recorrimos a pie el camino que atraviesa el tómbolo, en dirección al Faro. En la rotonda, encontramos una placa con un texto de Galdós, extraído de los Episodios Nacionales, de la novela que D. Benito dedicó a la célebre batalla que llenó de sangre aquel lugar paradisíaco, en 1805. Los Fratres iluminaron la placa con sus lucernas y leyeron aquel pensamiento sobre lo absurdo de las guerras, puesta la confianza en un futuro de hermandad que, a día de hoy, no ha llegado.

Alcanzamos los Venerables el final del camino y nos apostamos al pie de la Torre de Trafalgar, junto al Faro. La atalaya se construyó en el s. XVI para vigilar si aparecían los piratas berberiscos. Y allí, a oscuras, disfrutamos de la belleza primigenia y brutal que teníamos ante nosotros. La Luna sobre el mar rielaba y el Faro, con su giratoria luz fantasmal, escudriñaba el horizonte; mientras tanto, el mar rugía en forma de olas rompientes...



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