viernes, 28 de agosto de 2009

De cómo los Fratres asistieron a una catártica representación de "Medea" en el Teatro Romano de Mérida

Dramatis personae: Manolo, Pilar, Teresa, Vuestro Señor Abad.

En aquel tiempo, los Fratres fueron a la Ciudad de Emerita Augusta, a presenciar un espectáculo de altura: nada menos que la representación de la tragedia Medea, de Eurípides, en el Teatro Romano. Era el V día antes de las calendas de septiembre del año de 2009 AD, día dedicado a Venus.

Mérida es una ciudad calurosa en verano y muy interesante en todas las épocas del año. Los Venerables, como buenos arqueólogos y devotos de Santa Helena, visitamos el espectacular Museo Nacional de Arte Romano, con sus altas bóvedas y las colosales piezas de la más grande civilización de todos los tiempos, incluidas las estelas funerarias consagradas a los Dioses Manes (DMS, Diis Manibus Sacrum). Después paseamos por la monumental villa, nos detuvimos en el Templo de Diana y recorrimos las bulliciosas calles, cuajadas de tiendas de numismática. Pero el tiempo se derramaba sin darnos cuenta y nos apremiaba, así que cenamos rápida y frugalmente en un refectorio que encontramos, y nos dirigimos al imponente Teatro Romano.

Era la secunda vigilia. La representación iba a comenzar: Medea, de Eurípides, con Blanca Portillo (Medea), Julieta Serrano (nodriza) y Asier Etxeandía (centauro Quirón), dirigidos por el esloveno Tomaz Pandur. El Coro entonó:

"Muchas cosas el Zeus del Olimpo gobierna:
lo que cumplan los dioses prever no se puede.
Lo esperado no dejan que llegue a su fin,
consiguen que se haga real lo imposible.
Así en esta historia ocurrió".

Los Venerables contemplamos extasiados la tragedia de Medea, la princesa de la Cólquida, la hechicera que traicionó a su padre, a su hermano y a su patria por amor a Jasón, su esposo, para que pudiera conseguir el Vellocino de Oro. Pero el ingrato y codicioso Jasón abandonó a Medea porque quería contraer matrimonio con la joven hija del rey de Corinto, capaz de colmar su ambición de poder. Medea no lo pudo soportar y, antes de ser desterrada, consiguió una moratoria de un solo día para poder consumar su venganza: mató a la futura esposa y asesinó, a sangre fría, a sus propios hijos, los dos niños que tenía con Jasón, con la única y vicaria finalidad de causarle el daño más horrible que se pueda imaginar.

Los actores estuvieron magníficos. Blanca Portillo y Julieta Serrano, inconmensurables. Y Asier Etxeandía, el centauro Quirón, fue tan convincente que este humilde amanuense no está seguro de que se tratara realmente de un actor humano y no de un verdadero centauro.

Como ya no se representa Teatro Clásico en estado puro, esta versión de Tomaz Pandur introdujo muchos elementos modernos, pero Vuestro Señor Abad da fe de que en ningún momento se perdió la potencia original de Eurípides. La escenografía era atrevida e impactante. El espacio de la orchestra fue utilizado para la recreación del Argos, el mítico navío de los Argonautas. La cubierta del buque (sobre la que se desarrolló buena parte de la tragedia) estaba constituida por bloques a modo de niaras de paja que formaban un críptico laberinto. El mástil era simbolizado por un largo lienzo de tela negra, que ascendía desde el centro del laberinto hasta el cielo, suspendido por un globo.

El Carro de Helios, en el que al final de la obra marchaba Medea con sus hijos muertos, fue sustituido por un coche de los años cincuenta y una roulotte. La fuerza de la tragedia de Eurípides debió parecer excesiva a Pandur, que añadió una última escena, inexistente en la obra original: Medea y sus dos hijos asesinados, vivos de nuevo, aparecían ahora juntos y felices en una singular merienda campestre, en alguna Arcadia imaginaria o en algún verde prado de la Otra Vida. Y en ese estado de beatitud, Medea, ante un micrófono de radio de los años 50, entonó una dulce y melódica canción cuyo tema era el eterno fluir del tiempo.

Puesto que la finalidad de toda tragedia es la catarsis del espectador, Vuestro Señor Abad hubiera preferido que la obra hubiese concluido en la escena anterior, en la que el centauro Quirón hizo una reflexión final sobre la tragedia narrada y sobre la tragedia de la vida misma. Un monólogo que acabó el centauro con un profundo y prolongado bostezo: el del cansancio, el del hastío, el del hartazgo de la trágica, fatídica y monótona existencia. Un bostezo tremendamente moderno, propio del hombre (o del centauro) absurdo. Éste hubiera sido el broche de oro magistral para tan magnífica representación, a juicio de este humilde amanuense.

Pero seamos justos, Reverendos Hermanos: aquella noche tuvimos el privilegio de asistir a un acto teatral portentoso que el público, en pie, aplaudió hasta la extenuación.



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