sábado, 20 de noviembre de 2010

De cómo los Fratres fueron oídos en confesión en la Villa de Aracena y terminaron regular en la aldea de Carboneras

Dramatis personaeAndrés, Astrid, Juan, Juan J., María José, Pilar, Vuestro Señor Abad.

En aquel tiempo, los Fratres llegaron a la Villa de Aracena (Huelva). Era un día otoñal y lejano. Comenzamos visitando la Fuente del Concejo, donde estaba el antiguo lavadero público, y después fuimos a almorzar al refectorio del Restaurante Casas. Tras buena comida y buena tertulia, echamos a andar, pasamos por la imponente Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción y tomamos el camino ascendente a la fortaleza templaria.

Una vez arriba, atravesamos un arco con espadaña y encontramos la Iglesia Prioral de Nuestra Señora del Mayor Dolor (Patrona de Aracena), construida por el Temple, la más antigua y emblemática de la Villa. Visitamos su interior y, apremiados por el inmanente espíritu templario, nos sentimos en la necesidad de ser oídos en confesión por el Venerable Hermano Juan J., quien nos impuso severas y muy merecidas penitencias. Abandonamos la iglesia con el alma ligera y recorrimos el perímetro exterior del imponente castillo templario, disfrutando de magníficas vistas del pueblo, hasta que, ya en vísperas, la Luna llena se alzó sobre nuestras cabezas.

Para cenar, nos trasladamos a la cercana aldea de Carboneras, a un bar de cuyo nombre no quiero acordarme, que tenía un salón con cálida chimenea y cuidado estilo rústico. Aunque era temprano y no había absolutamente nadie, tenía un molestísimo plasma puesto a todo volumen, lo que destruía el hechizo del lugar. Nuestro Venerable Hermano Juan, Maestro Astrónomo, pidió educadamente al camarero que lo apagara, pero éste se negó de forma muy poco amable, y se generó una situación un tanto tensa. Al parecer, esperaba que el local, que estaba completamente vacío, se llenara de parroquianos que acudieran a ver el fútbol, aunque aún faltaban cerca de dos horas para el partido.

Los Venerables somos gente pacífica. Acordamos con el camarero que sólo tomaríamos esa consumición y nos marcharíamos antes de que llegaran sus ansiados clientes futboleros. Accedió de muy mala gana, y aquella noche terminó de esta forma tan poco brillante.

En los años siguientes, volvimos dos o tres veces a este bar, pero comprobamos que, definitivamente, allí no se quiere bien a los forasteros, por lo que terminamos dejando de ir.



1 comentario:

  1. En Carboneras
    La llegada de turistas
    Que se sientan a la hoguera
    No gusta a los lugareños
    Porque la sangre le altera..El maestro






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