viernes, 8 de septiembre de 2006

De cómo los Fratres se llevaron un venerable susto en la Estación de Coripe


En aquel tiempo, aunque estábamos en las postrimerías del verano, hacía mucho calor, incluso en la Sierra Sur de Sevilla. Era el IV día antes de los idus de septiembre del año 2006 AD, día dedicado a Venus, y ya entrada la secunda vigilia, bajo la bóveda de las luminarias del cielo, llegaron los Fratres a la Estación de Coripe.

Anduvimos en dirección al Chaparro de la Vega. Hurgando entre los trozos de la memoria, este humilde amanuense no consigue recordar si llegamos hasta él o no. Pero una fotografía que hay depositada en la Biblioteca de la Abadía prueba indubitadamente el hecho de que sí que lo alcanzamos. Aunque lo más llamativo de aquella lejana noche no tuvo lugar allí, sino media milla antes, cuando, tranquilos y confiados, los Fratres paramos a descansar en el recodo que hacía el camino al pie del viaducto...

Las Venerables Hermana Pilar y Hermana María José y el Venerable Hermano Juan, Maestro Astrónomo, se apostaron sobre el suelo, mirando al cielo. Vuestro Señor Abad permaneció en pie, buscando alguna foto nocturna interesante que hacer, aunque me resultó imposible en aquella oscuridad, negra como la noche de los tiempos. A diez o doce pasos, discurría serenamente el río Guadalporcún, con un murmullo casi imperceptible. Desde donde yo estaba, a menos de dos pasos de los Venerables, podía escucharles y participar en la conversación, aunque no podía verles. Pero si podía orientarme en su dirección, tanto por el sonido de sus palabras y sus risas, como por la lumbre del cigarro que fumaba el Venerable Hermano Juan, faro para navegantes en una cálida y apacible noche de septiembre.

De repente, la bucólica escena fue quebrada: los armónicos sonidos nocturnos de los grillos, ranas y demás seres noctámbulos se vieron súbitamente silenciados por un brusco y violento ruido, y unas gigantescas sombras pasaron sobre nosotros, muy cerca de nuestras cabezas. Nos dieron un susto mayúsculo: pensamos que eran dos arpías dispuestas a atacarnos. Los Venerables que estaban en el suelo gritaron de horror y se levantaron a la velocidad del rayo. Vuestro Señor Abad, de pie, tan aterrorizado como ellos, tuvo la reacción contraria: me quedé petrificado, inmóvil, ni siquiera pestañeé.

Todo pasó en un santiamén. En realidad, no se trataba de arpías, sino de dos buitres descomunales que habían estado bebiendo al pie del río. A oscuras, no nos habíamos percatado de ellos. Los carroñeros se marcharon haciendo un vuelo terroríficamente rasante sobre nosotros, pero, afortunadamente, no hubo mayor peligro: los buitres nos ignoraron por completo y se alejaron en un avemaría, cuan huidizas perseidas.

Nos repusimos del susto, pero el incidente sería trending topic en la Abadía durante mucho tiempo. Y la noche continuó serenamente, mientras los planetas (los errantes, según su etimología) describieron lentamente su trayectoria sobre la bóveda celeste...



1 comentario:

  1. Recuerda el alma dormida
    Aviva el seso, y despierte
    Contemplando
    Cómo se pasa la vida
    Cómo llegan los recuerdos
    Y hasta cuándo....
    Muy anónimo yo.

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