Dramatis personae: Gérard, Novia de Gérard, Helena, José María (compañero de trabajo de Mari Ángeles), José María P., Juan, Lyra, Manolo, Mari Ángeles, María José, Pilar, Rocío, Teresa, Vuestro Señor Abad.
En aquel tiempo, el Venerable Hermano Juan y la Venerable Hermana Mari Ángeles tuvieron la feliz idea de ofrecer El Mesoncillo para que celebráramos las Saturnales (así es como nuestro Maestro Astrónomo prefería llamar a la Navidad). Y así fue como los Fratres nos congregamos en aquel lugar un día de Adviento que despuntaba colores de invierno.
Hacía frío y la chimenea estuvo encendida desde primera hora. Además de los Venerables, concurrieron otros parroquianos a la celebración. Fuimos llegando en oleadas, y hubo guasa cuando los Fratres hicieron como que regañaban por su tardanza en llegar a los Venerables José María P. y Helena, mostrándoles ostensiblemente el reloj.
La comida fue rústica y apetitosa, y hubo innumerables brindis, pues en esta Abadía somos muy de la Navidad. Mientras tanto, el reloj de pared de El Mesoncillo marcaba una hora que no era, pero imprimía una fuerte personalidad a la estancia.
Después de la comida, salimos a dar un paseo por la Vereda de Fernandillo, que atravesaba un campo invernal de matices indescriptibles, y desembocaba en la vetusta Tejada la Vieja, a tres leguas de distancia, demasiado lejos para llegar aquella tarde. Así que al caer las vísperas, dimos media vuelta y regresamos al calor de la chimenea.
Vuestro Señor Abad repartió ejemplares en papel del Libreto Oficial de Villancicos de la Abadía, que había compilado para solucionar los momentos de incertidumbre que nos asaltaban al cantar, por no recordar la letra. El documento original se perdió, pero gracias a la Venerable Hermana Teresa, que siempre guardó la copia en papel desde aquel día, fue posible recuperar la compilación. La Venerable Hermana Teresa ganó por ello, merecidamente, 500 días de indulgencia.
El cántico de los villancicos fue muy jocoso, aunque íntimo, pues no teníamos luz eléctrica y únicamente nos alumbraba el fuego de la chimenea. Aunque el flash de la cámara fotográfica hiciera creer que había gran iluminación, la verdad es que las fotos fueron disparadas prácticamente a oscuras. Y vive Dios que los Fratres se entregaron con devoción absoluta a sus cantos.
Así discurrió la primera celebración de la Navidad en El Mesoncillo. Y no sería la última. Todos los Venerables salimos tan contentos que, sin saberlo, habíamos comenzado una de las tradiciones más entrañables de la Abadía: la celebración anual de las Saturnales en la finca del Venerable Hermano Juan.

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