En aquel tiempo, una semana después de haber visitado El Real de la Jara, los Fratres regresamos a este lugar que tan grata impresión nos había causado. Quería Vuestro Señor Abad que la Venerable Hermana Pilar conociera este sitio, pues sus quehaceres en la Abadía le habían impedido venir la semana anterior. Parecía este día el opuesto al primero. Si siete días antes era lluvioso y gris, ahora era radiante y soleado. Pero la Villa resultaba igualmente bella tanto en un día como en el otro, cada uno en su estilo.
Volvimos a pasar junto a la Iglesia de San Bartolomé y subimos otra vez al imponente castillo, donde encontramos en el suelo una herradura, símbolo por antonomasia de buena suerte. Divisamos otra vez el Castillo de las Torres. Y cuando bajamos de nuevo a la Villa, almorzamos en el mismo sitio: el refectorio del Mesón La Cochera.
Después de comer, como la semana anterior, nos adentramos en el Sendero de la Lobera. Allí nos acompañaron, gateando sobre una valla, unos gatitos de pocos días, junto a su mamá. Jugaban a ir a nuestro lado, pero cuando la valla terminó y la altura no permitió a los gatitos continuar, éstos se quejaron con su voz chillona a Vuestro Señor Abad. Detuve mi marcha y los fui bajando al camino, uno a uno, con la ayuda de la Venerables Hermanas Pilar y María José, convirtiéndose en nuestros compañeros de viaje.
Cuando se hizo de noche, los Venerables dimos media vuelta. Vuestro Señor Abad, que iba el último, vio que los gatitos quedaban rezagados, y pensé, con tristeza, que quizás era mejor así, que quedaran libres en el campo, donde habían nacido. Cuando alcancé a los Fratres, la Venerable Hermana Pilar me recriminó haber dejado a los mininos y su mamá solos, con los peligros del campo, lo que me hizo pensar que mi decisión había sido errónea y que algo podría pasarles allí.
Los Fratres continuaron hacia el pueblo y yo volví sobre mis pasos en la negrura de la noche para buscar a los gatitos, con el corazón en un puño. Y unos minutos después los encontré caminando por el sendero, siguiéndonos sanos y salvos. En el encuentro hubo gran regocijo, tanto por parte de ellos como por parte mía, lo que me hizo ver que ésta había sido la decisión correcta. Y los gatitos, su mamá y este humilde amanuense nos pusimos alegremente en marcha hacia la Villa. Los Venerables aguardaban parados más adelante, pues estaban preocupados por la oscuridad y la tardanza de Vuestro Señor Abad. Y cuando llegué acompañado por la familia de mininos, hubo gran júbilo entre los Fratres. Venerables Hermanos y Venerables Mininos hicimos juntos el resto del sendero hasta el pueblo, donde nos despedimos de nuestros simpáticos amigos, que, ya en la seguridad de la población, comenzaron a explorar sus calles.
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