En aquel tiempo, un remoto y lluvioso día, los Fratres llegaron a la Villa de El Real de la Jara, en la Sierra Norte sevillana. Aquel lugar nos agradó desde que pusimos en él nuestras humildes sandalias, hasta el punto de que regresaríamos una semana después.
Recién llegados, pasamos los Venerables junto a la Iglesia de San Bartolomé, con su torre, sus faroles y una cerámica que representaba al Apóstol. Enfrente estaba el Mesón La Cochera. Subimos al castillo por silenciosas calles, bajo una persistente y purificadora lluvia. El Venerable Hermano Juan instaló su trípode y aplicó su cámara para tomar buenas fotografías de la fortaleza. La Venerable Hermana María José sostenía mientras tanto el paraguas, para que el Maestro Astrónomo y su equipo no se mojaran.
Alcanzamos el imponente castillo, con sus ocho torres, y lo exploramos entusiasmados durante largo rato, bajo el telón de fondo de la lluvia, que caía desde un cielo completamente gris, lo que daba a la fortificación un aura de misterio. La Venerable Hermana María José simuló encontrarse suspendida del borde de un abismo, pero no se apuren Vuesas Mercedes: todo fue pura escenografía, aunque eso sí, la representación resultó magistral.
Desde los torreones del flanco norte se divisaba el espectacular Castillo de las Torres, ya perteneciente al término de Monesterio (Badajoz). El sendero que discurría entre ambos castillos era nada menos que la milenaria Vía de la Plata, el Camino de Santiago para los peregrinos.
Explorada la fortaleza, los Venerables bajamos nuevamente a la Villa para almorzar, lo que hicimos en el refectorio del Mesón La Cochera, que habíamos visto al llegar. Allí comimos bien.
Por la tarde, siguiendo el Memorándum de Caminos confeccionado por Vuestro Señor Abad, recorrimos el Sendero de la Lobera, junto al que discurría el Arroyo de la Víbora, el limes que separaba Andalucía y Extremadura. Aunque ya no llovía, el camino estaba embarrado, pero era una delicia pasear por él.
Con las vísperas llegó la noche y regresamos a la Villa. El refectorio del Mesón La Cochera nos había gustado cuando almorzamos, así pues, ¿qué mejor opción para la cena? El local estaba repleto de gente y nos acogió con su buena cocina y su magnífica chimenea.
Terminada la cena y la tertulia, iniciamos el regreso a la Abadía. El cielo estaba más despejado, así que los Venerables decidimos detenernos para hacer nuestra tradicional observación nocturna de los cuerpos celestes. El lugar elegido fue el Castillo de Santa Olalla del Cala, tremendo y siniestro a la luz de la luna llena.
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