En aquel tiempo, los Fratres decidieron retirarse a la Vía Verde de la Sierra Sur durante dos días para hacer Ejercicios Espirituales. Nos alojamos en la Estación de Coripe, que en aquellos tiempos era regentada por Juan Ramón, un joven amable y muy del gusto de las Venerables Hermanas. Instaláronse los Fratres en sus habitaciones, denominadas con topónimos de la propia Vía Verde. El estilo era de una austeridad rústica muy bien cuidada. Y el restaurante tenía una carta moderna: nouvelle cuisine diseñada por el joven empresario.
Siendo la nuestra una Orden de Caminantes, dedicamos las dos jornadas a los senderos. Durante el primer día, nos acompañó no pocas veces la caprichosa y purificadora lluvia de primavera. Y a fe que vimos paisajes espectaculares, teñidos de colores imposibles, que fueron un regalo tanto para los sentidos como para el alma. Los Fratres paseábamos tranquilos, soñando caminos de la tarde y comiendo pipas (un rito en el que nos había iniciado el Venerable Hermano Juan, nuestro Maestro Astrónomo).
Pero cuando la tarde cayendo estaba, esa tranquilidad, de repente, se quebró. Al pasar junto a una finca, inopinadamente y sin ninguna justificación, el desalmado dueño azuzó sobre los pobres Venerables sus fieros mastines, que salieron al camino por un roto en la cerca y nos intimidaron de un modo muy agresivo, con feroces ladridos y violentos empujones. Ha de confesar Vuestro Señor Abad que pasamos miedo, pero afortunadamente el incidente no llegó a mayores y nadie resultó herido.
El infausto episodio turbó nuestro espíritu sereno, pero pronto recuperamos el buen ánimo. Y hasta echamos unas buenas risas: al regresar a la Estación por la noche, en la oscuridad, no podíamos abrir la puerta, pues la cerradura parecía atascada. Por suerte, tras risueño forcejeo con la llave, se abrió el portón y subimos a nuestras habitaciones a descansar.
A la mañana siguiente, las lluvias se habían marchado. Dimos una buena caminata, que cansó nuestras piernas, pero elevó nuestro espíritu. El paisaje era de una belleza singular. Por la tarde, dejamos los vehículos en la Estación de Navalagrulla, que estaba en ruinas, y anduvimos por los alrededores. El camino discurría entre fincas de toros bravos, que no nos prestaron la menor atención.
Al anochecer, regresamos a los vehículos. En la Estación había un letrero de madera que rezaba: "No hay camino para la Paz. La Paz es el camino". (Mahatma Gandhi). Y con este profundo mensaje, iniciamos el camino de vuelta a nuestra entrañable Abadía.
PS.-
Días después, los Venerables decidieron formular una queja ante la Fundación Vía Verde de la Sierra, para evitar que se repitiera lo que hizo el desalmado que nos azuzó los mastines. Se encomendó la misión a la Venerable Hermana María José, muy versada en cuestiones jurídico-canónicas. La Venerable redactó una impecable queja, muy bien argumentada, y la remitió por correo electrónico. La Fundación nunca se dignó a contestarnos, lo que resultó muy decepcionante...
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