En aquel tiempo, sucedió algo muy grande: la Abadía abrió sus puertas a una nueva vocación. El XVIII día antes de las calendas de septiembre del año 2009 AD, festividad de la Asunción de Nuestra Señora, conocimos en persona a la novicia Mary. Vuestro Señor Abad había trabado conocimiento con ella por internet unos meses antes, intercambiando correos electrónicos (en aquella época bárbara y remota no existía Whatsapp), a menudo con contenidos no canónicos (chistes y power-points), pero no nos habíamos visto nunca, ni siquiera en fotografía. Aquella tarde, aceptó la invitación que le había hecho para que viniera a ver las Perseidas. A partir de aquella memorable fecha, profesó en Nuestra Sagrada Congregación con el nombre de Venerable Hermana Mary e ingresó en nuestra Abadía.
El lugar de encuentro fue el habitual: la plazoleta del Restaurante Nuria. La novicia estaba ya esperándonos con su coche. Hubo presentaciones, ósculos y bendiciones, y nos hicimos a la carretera en los abaciales vehículos, rumbo a la Sierra Sur. Nos detuvimos en el refectorio de verano de la Venta El Potaje. El Venerable Hermano Juan inmortalizó la cena con una foto.
Después, continuamos nuestro camino por el corazón de la Sierra y llegamos a la Estación de Coripe, donde aparcamos. Anduvimos un trecho en dirección a Olvera, hasta que encontramos un sitio apropiado para nuestra estelar ocupación. El telescopio del Venerable Hermano Juan, aun desmontado, pesaba un quintal. Pero ver el cielo a su través merecía el esfuerzo de transportarlo. Las explicaciones que nos dio nuestro Maestro Astrónomo descifraron los secretos de las estrellas y las Perseidas acudieron puntuales a su cita anual con los Fratres de la Abadía.
Pasaron las horas y poco antes de la quarta vigilia, desmontamos el telescopio e iniciamos el regreso hacia la Estación de Coripe. Pero algo horrible iba a quebrar la tranquilidad de nuestra pacífica marcha. En uno de los túneles del camino, uno especialmente negro, inopinadamente, un grito terrible rasgó la oscuridad de la noche y nos estremeció a todos: era la Venerable Hermana Teresa. No sabíamos qué le había ocurrido. Todo parecía indicar que había sido atacada. La Venerable volvió a gritar desgarradoramente: "Me han cogido el culo".
Allí no había nadie más, aparte de nosotros, luego tuvo que ser un Hermano o una Hermana. Aquello empezaba a parecer Diez Negritos, de Agatha Christie. La inquisitiva indagación fue tan rápida como implacable. A pesar de que era una noche oscura como la del alma y que nadie había podido ver al autor del delito, los confusos Fratres determinaron quién era la oveja descarriada: "Ha sido el Venerable Andrés", sentenciaron sin piedad. Nuestro Venerable Hermano se convirtió, en la fracción de un segundo, en investigado, imputado, inculpado, presunto reo, acusado y condenado. Fray Andrés, angustiado, lo negó tajantemente, como Simón Pedro, incluso más de tres veces. Pero el veredicto de la Congregación era inapelable.
Vuestro Señor Abad salió en defensa del Venerable Barbateño. En mi alegato argüí que él iba caminando a mi lado, y entre los dos, cada uno con piezas diferentes, portábamos el pesado telescopio, mientras que la Venerable Teresa iba más adelante. Era cierto que no nos veíamos unos a otros por la oscuridad de la noche, pero el acusado no tenía una mano tan larga como para llegar hasta las venerables posaderas de la Hermana May. De hecho, dudo que estuviera en disposición de coger el culo a nadie, con el peso que cargaba... Sin embargo, pese a mi abacial auctoritas y a la claridad de mi exposición, no logré convencer ni a la Venerable Hermana Teresa, ni al resto de mis Fratres.
Pero sí que había habido una testigo. Una Venerable Hermana, cuya identidad no puedo desvelar por razón de mi ministerio, allí mismo me pidió que la oyera en confesión, pues no podía soportar por más tiempo el peso de los remordimientos. Y confesó a Vuestro Señor Abad quién había perpetrado realmente tan execrable y lúbrico delito, por conocerlo de primera mano; y no, no era el Venerable acusado, era otro Venerable. Pero el secreto del sacramento condujo a la condena de un inocente. El Hermano autor del crimen, dicho sea de paso, estaba partido de la risa, contemplando el jocoso espectáculo y cómo las culpas recaían sobre el infortunado Hermano Andrés.
El pitorreo continuó toda la noche... y el donoso estigma aún dura, a día de hoy, demostrándose que el crimen perfecto es posible y constituyendo uno de los grandes misterios de la Crónica Negra de la Abadía.
La famosa mano negra.
ResponderEliminarUn enigma sin resolver de la historia del crimen...
EliminarManos blancas no ofenden......pero, *negrassssss*.....🙈
ResponderEliminarQué día tan memorable. Novicia al rescate!. Hermana mary
ResponderEliminar