En aquel tiempo, los Fratres llegamos a la Villa de Aracena, dispuestos a visitar lugares prístinos y mágicos. Nos dirigimos al centro de la población y nos fotografiamos con unos guarros de piedra. A continuación, visitamos los antiguos Lavaderos de la Fuente del Concejo, donde la Venerable Hermana Pilar y la Venerable Hermana Carmen escenificaron el acto de lavar la colada, esforzadamente y con ahínco, tal y como otrora debió ser. Luego sacamos entradas para un pase por la tarde en la Gruta de las Maravillas y nos fuimos a comer a alguno de los numerosos refectorios que hay en el lugar (vuestro humilde siervo no recuerda cuál), admirando las calles del centro y las esculturas que había en las mismas.
Después del almuerzo, visitamos la ancestral Gruta, que nunca defrauda. ¡Cuán distinto es el inframundo! Fue una experiencia que, ciertamente, nos conectó con las energías telúricas y con lo más primigenio de nosotros mismos.
Y como aún teníamos horas de luz por delante, plugo a Vuestro Señor Abad tomar el camino a Portugal y dirigirnos a un paraje absolutamente encantado y prehistórico, que estaba seguro de que iba a sorprender a los Venerables.
De este modo, nos hicimos a la carretera. Dejamos atrás lugares señeros, como el Castillo de Cortegana o el Castillo-Mezquita de Almonaster la Real. El paisaje de la sierra tornó en otro mucho más llano, y llegamos hasta un lugar primigenio: el Cerro del Castillo y, a sus pies, el Crómlech de Pasada del Abad.
Amparados por la sobrenatural protección que nos brindaron los menhires del crómlech, nos hicimos fotografías en su interior. Subimos después hasta lo alto del cerro, donde se asentó milenios atrás el poblado de la Edad del Cobre que construyó el círculo megalítico, y del que ya no queda nada, salvo algunas piedras de lo que fue la muralla.
Bajamos después la ladera por el lado opuesto hasta llegar a la Rivera del Chanza, un río que nacía en Cortegana y que moriría desembocando en el Guadiana. Durante un buen trecho, el Chanza definía la frontera entre España y Portugal. Disfrutamos de sus aguas serenas y del sepulcral silencio de aquel lugar.
Empezaba a caer la tarde y a hacer frío, así que volvimos a subir al Cerro del Castillo y a descender nuevamente hasta el crómlech. Ya no faltaba mucho para las completas y la noche nos cubrió con un manto de estrellas. En aquel lugar ancestral, Vuestro Señor Abad se preguntó qué habrían sentido los antiguos habitantes del poblado cuando observaran, en aquella era remota, ese mismo cielo estrellado. Para inmortalizar aquel momento tan especial, este humilde amanuense tomó varias fotografías en las que aparecíamos los Venerables junto a los menhires, bajo la luz rutilante de las estrellas.
👏👏👏👏👏 El arte del buen plumear (escribir con pluma...como siempre debió ser).
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