En aquel tiempo, los Fratres llegamos a la Sierra Sur de Sevilla. Los Venerables no íbamos juntos allí desde hacía 14 años (aunque Vuestro Señor Abad y la Venerable Hermana Pilar sí habían estado con otros Hermanos seis años antes). Y con el Venerable José María aún hacía más tiempo: ¡17 años!
Había dado la hora Sexta cuando aparcamos los vehículos en la Estación de Coripe. Anduvimos en dirección al Paraje de Aguilera (vulgo, Junta de los Ríos). Fue un placer volver a caminar fraternalmente aquella vía, testigo de tantos momentos de hermandad. Era un día nublado, pero con una intensa luz primaveral, y el río Guadalporcún, de cuando en cuando, asomaba para saludarnos.
Los Venerables teníamos reserva para comer a la hora de Nona, por lo que regresamos a los coches y nos dirigimos al refectorio de la Venta El Potaje. Y así, como antaño, compartimos alegremente la mesa. No faltó buen Beronia ni, por supuesto, rico potaje. Los años habían pasado, sí, pero nadie lo hubiera dicho...
Bien comidos y bien servidos, volvimos los Fratres a la Estación de Coripe. Hicimos ahora el camino en sentido contrario, rumbo a Olvera. La tarde era silenciosa. Anduvimos hasta que llegó la temprana puesta de Sol de los montes y regresamos con el relente a los vehículos.
Fieles a la tradición, los Venerables hicimos estación de penitencia en la Venta El Potaje nuevamente, ahora para merendar los preceptivos buñuelos con miel y leer las meditaciones impresas en los sobres del azúcar, que a veces contienen más sabiduría que las obras del mismísimo Aristóteles (Vuesas Mercedes ya saben que este humilde amanuense es más del idealismo platónico).
Los buñuelos estaban exquisitos y nos supieron a poco, de modo que pedimos otra ración. Así, sin miedo. Y cuando ya nos sentimos opíparamente merendados, siendo ya las Completas, nos hicimos a la carretera y regresamos a la paz de nuestra Abadía.

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